jueves, 10 de marzo de 2011

Las rosas

Dos y dos nunca son cuatro.
En la literatura, todo es plurívoco.
La poesía vive del signo múltiple: una rosa es una rosa es una rosa...
Aquí no suceden cosas de mayor importancia que las rosas; la flor
se transfigura, cada vez es más perfecta.

La rosa es sin porqué. Florece por florecer
no se preocupa de sí misma ni pide ser mirada.

Imaginemos que un poeta dice que la belleza es inexplicable,
no habría dicho nada, pero si ese poeta, que sería Kipling dice:
"Si no me hubieran dicho que era el amor yo hubiera creído que
era una espada desnuda", ya se está haciendo poesía.

La poesía tiene la principal función ,y ésta es la primera, 
la más antigua, la de la épica, la de recordar o inventar historias.

 La flor perfecta es una cosa rara,
Puede uno pasar la vida buscándola, y no sería una vida desperdiciada.

Anoche soñaba con una rosa, y hoy al despertar, tenía una en la mano.

Perfectas... todas las rosas son perfectas...



Mujer, vida y belleza


“De desnuda que está, brilla la estrella”.
                                        Rubén Darío.


El alma femenina parece tener tantos estratos como la misma piel
que la recubre y separa del ámbito que la rodea.
Souvent femme varie, bien fol est qui s´ y fie, dice un dístico grabado
en una de las vidrieras del castillo de Chambord, paráfrasis del conocido verso
de Virgilio varium et mutabile Semper femina.
Estas frases, con la que se intenta definir los frecuentes estados de mutación anímica
y corpórea de la mujer, ponen de relieve lo complejo del ser femenino,
siempre cambiante.

Madre o Venus, objeto de devoción o de deleite, la mujer
parece escindir su alma y sus afectos entre esa doble función.
pero debiéramos renunciar a la idea de que nació esclava y de que
su historia es una lenta progresión a modos de vida más soportables.

Los vestigios más remotos de la historia de la humanidad no demuestran la supremacía
del hombre sobre la mujer. E incluso algunos antropólogos, al estudiar
los privilegios de la mujer en el seno de determinadas sociedades, han
formulado la hipótesis de la existencia de un estado en la evolución social caracterizado
por la cultural matriarcal, en la que el dominio del grupo estaría ejercido por la mujer.
cierto o falso, de lo que no cabe duda es de que la mujer ha tenido en la historia
una nada desdeñable importancia al lado del varón.

La mujer no es tan sólo colaboradora del hombre, sino una compañera
cuya belleza sirve de constante estímulo para el quehacer del hombre.
Si nos preguntamos qué es ese ideal estético que tantas horas de nuestra vida
nos hace gastar en su busca, nos encontramos con muy diversas teorías,
que oscilan desde la postura platónica de considerar la belleza sensible como una
imitación imperfecta de la Belleza inteligible, hasta el supuesto irracionalista de
que lo bello depende de nuestra estimativa emocional, tan cambiante según los lugares y las épocas.

Para la escolástica, y en especial para santo Tomás de Aquino, lo bello es un atributo real
de los seres, un resplandor originado por su perfección y que produce
en nosotros un sentimiento de admiración.
¿No será esta admiración la misma que nos produce aquellas imágenes,
formas o sonidos a través de las cuales, artistas y escritores han expresado
su concepto de lo bello?
Aunque, dentro del relativismo de lo bello, cada uno de ellos hubo de expresar
los sentimientos e ideas de la época que les correspondió vivir, no cabe
duda de que constituyen hoy, para nosotros, unos cronistas de excepción del
universo estético y las costumbres de su época.
El arte helénico, caracterizado por su diafanidad, empezó a dar
a los dioses forma de verdaderos hombres.

A través de sus esculturas podemos admirar el contante esfuerzo
por precisar la anatomía humana y lograr un perfeccionamiento
al de la forma que ésta pudiera expresar plásticamente el canon de la
Belleza ideal.
Tal fue la intención de Praxíteles al realizar la Afrodita de Cnido, que recoge el
momento en que la diosa se despoja de sus ropajes para entrar en el baño.
La plenitud de formas plásticas, que en nada desvirtúan su esbeltez ni su elegancia,
reflejan ese sentido de voluptuosidad griega, que concibe a la mujer más como
amante que como madre.

Afrodita, la Venus romana, es la diosa cuyos encantos ningún hombre
puede resistir, dotada de todos los hechizos, para ser amada.
Si Dante Alighieri, muchos años más tarde, intentó encontrar la clave
de la belleza esencial en las justas proporciones, el arte girego, en el siglo IV
antes de Cristo, había procurado hallar la fórmula plástica de esas mismas proporciones.
Pero aún encontrándonos con obras cuyo goce estético radica en el intento
de objetivar un canon ideal de belleza sigue dando pie a muy diversas polémicas.
unos versos de Miguel Ángel nos ilustran suficientemente para conocer
el núcleo del problema:

Dime, oh Dios, si mis ojos realmente
la fiel verdad de la belleza miran;
o si es que la belleza está en mi mente
y mis ojos la ven doquier que giran.

Y sin embargo, a pesar de la diversidad de ideas sobre la belleza
y de la misma diversidad del sentimiento de la misma, podemos
afirmar, haciendo nuestra la frase de Henri Poincaré,
que si la naturaleza no fuese bella no valdría la pena
nuestro esfuerzo por conocerla. 
La mujer, símbolo de vida, es en esta labor la mejor fuente de inspiración del hombre.


¡Cuánto tiempo hermoso se pierde!


El juez iba a dar el fallo, ya se hacía tarde.
La madre del acusado inquieta por estar en el veredicto de su hijo,
cada vez se retrasaba más.
Horas más tarde, cuando el juez firmaba la sentencia;
aparecía la madre , desesperaba por saber la resolución,
corrió hasta donde el funcionario , y le dijo con voz desgarrada:
Señor juez, señor juez, dígame por favor que no he llegado tarde,
Dígame por favor, - mientras su llanto aumentaba – que el juicio
no ha comenzado, que no he llegado tarde, dígamelo, dígamelo, por favor
señor juez.
El juez luego de escuchar a la madre, con un gesto amargo y serio, que caracteriza
a los funcionarios de la justicia le dijo: Señora, veinte años ha llegado tarde;
el fallo ya está dado.


Así es como yo pienso de todo el tiempo que se pierde.
Todos se preocupan por los efectos, no por las causas.
Por estar distraídos por la aventuras del mundo, lo más
importante lo dejamos para al rato; vivimos prorrogando
el tiempo que fue, como si llegara a repetirse.
Vivimos excusándonos por todo, como si nuestras acciones fuese a causa del otro.
Somos más perezosos que cobardes.

Eligió tener hijos, ahora responsabilícese.
Recuerde lo que dijo Castelar: “Una vida sin amor, es un cielo sin astros”.

jueves, 18 de noviembre de 2010


Existencialismo


"Como Sísifo condenado a subir eternamente su piedra, así estamos los hombres, condenados a la libertad de construirnos a nosotros mismos a cada instante."


Las fuentes de las que brota la temática EXISTENCIALISTA se encuentran en Kierkegaard, Nietzsche y el vitalismo así como la fenomenología de Edmund Husserl:

1. Definición de la existencia como modo de ser propio del hombre.

En clara deuda con el pensamiento de Kierkegaard, para los existencialistas lo que propiamente existe es el hombre, no las cosas, que toman su ser en él o a través de él.El hombre no tiene una esencia que le determine a ser o a comportarse de una manera concreta, sino que él mismo es su propio hacerse, su propio existir. Existir es sinónimo de hombre (el Dasein de Heidegger o el “para-sí” de Sartre). Esto significa que el hombre es libertad y conciencia. Libertad porque el hombre es un modo de ser que nunca es dado de antemano (el Dasein o ser-ahí es un poder-ser que tiene constantemente que ejercitarse) ni tampoco es puesto por algo o alguien. Conciencia porque la existencia es lo que nunca es objeto, sino aquello a partir de lo cual me refiero a lo otro que no soy yo y con lo que me relaciono, además de conmigo mismo (autoconciencia).
Para Sartre y Lavelle la existencia precede a la esencia, y la hace posible, ya que si no existo no puedo conquistar mi esencia ni dármela a través de actos absolutamente dependientes de mí. Heidegger, sin embargo, no acepta este primado de la existencia sobre la esencia, sino que identifica a ambas: el ser (esencia) del Dasein consiste en su existencia (existenz).


2. Individualismo y particularismo.

Lo primario es lo singular y concreto, la existencia humana, pero no en su generalidad, sino en la particularidad de “esta” existencia humana o “aquella otra”. El yo no es el momento de una Razón absoluta o universal, como afirmaba Hegel.

3.Las cosas no existen, “son”.

Es desde la existencia humana desde donde se establece el valor y sentido de todo lo real. El objeto al que se dirige la conciencia no existe. Es un “ser-en-sí” (Sartre), caracterizado por la plenitud de coincidencia, la impenetrabilidad y opacidad. Su ausencia de relación rehuye la temporalidad y entra en tensión con la conciencia, “ser-para-sí”. Ésta desea ser, a la vez, en-sí y para-sí, lo cual equivaldría a ser Dios, algo imposible de realizar (ateísmo).

4.Utilización de la fenomenología como método.

Los existencialistas parten del análisis husserliano de la conciencia, a la que conciben como pura intencionalidad. Toda conciencia es siempre un dirigirse hacia algo; es conciencia de, y por eso se proyecta hacia fuera, hacia el objeto o “ser-en-sí”.
La conciencia es “un poder de ser lo que no se es y de no ser lo que se es”, una intencionalidad que introduce la nada dentro de ella: cuando conoce al objeto, se diferencia y separa de él (enajenación). Si se intenta conocer a sí misma (autoconciencia) debe convertirse en lo que no es (objeto), creando la nada, siendo nada.
La fenomenología se constituye no sólo en un método de análisis de la conciencia, sino en una ontología (Heidegger) que permite desocultar el sentido del ser: aquello que se manifiesta (fenómeno) ante la existencia humana (Dasein).

“Vivimos como si al nacer apestara ya a muerte“
Artaud

5.Existir es estar en el mundo.

El ser del hombre es un ser-en-el-mundo (in-der-Welt-sein). Pero “mundo” no es un lugar, ni designa la naturaleza. No estamos “pasivamente” en el mundo, sino de manera activa y creadora, trascendiendo siempre hacia “lo otro” (el ser-en-sí) que no es la conciencia, hacia el “ser-en-sí” (el hombre, la conciencia), sin poder abrazarlo.
La existencia humana consiste en un continuo “quehacer” que tiene que vérselas con “las cosas”, “aquello que está a la mano”: enseres, útiles. Mundo es instrumento para que y en el que la conciencia se realiza, el conjunto de relaciones de “las cosas” entre sí y con el hombre. El Dasein crea mundo. La existencia es mundaneidad.


6.Posibilidad y elección.

El hombre es posibilidad abierta, libertad de hacerse esto y lo otro. Elección. Ahora bien, en la medida en que el hombre está arrojado al mundo, ha de contar con aquello que le es “dado”, las circunstancias (tratadas ampliamente por Ortega y Gasset) que limitan sus posibilidades y su libertad. La autenticidad consiste en no renunciar a la libertad bajo ninguna circunstancia: no dejarse caer entre las cosas como una más de ellas (facticidad).
El hombre no debe eludir su responsabilidad de obrar libremente, de lo contrario obrará de mala fe y llevará una existencia inauténtica.

7.La angustia, la naúsea, la vergüenza.

Los sentimientos, al igual que la razón desvelan nuestra existencia y nos ponen en contacto con ella, de manera más íntima y radical que la razón.
La angustia nace de un futuro indefinido, de la falta de esencia, de un horizonte cuajado de posibilidades al que el hombre debe enfrentarse sin ninguna garantía, asumiendo plenamente su libertad de “construirse a sí mismo a cada instante”.
La náusea de Sartre surge de la falta de propósito y finalidad del mundo y de los hombres. Todo está de más, tejiendo el mismo entramado de lo absurdo del mundo. Ningún teleologismo puede salvarnos porque la idea de finalidad es en sí misma producto de la mala fe: un autoengaño.
La vergüenza es el sentimiento mediante el cual constatamos que existen otros para-sí distintos al nuestro. En su presencia me convierto en un objeto (en-sí), y quedo cosificado y privado de mi libertad. El otro puede pensarme como quiera, anulando mi libertad de ser.

El existencialismo, a través del análisis fenomenológico de la conciencia, abruma al hombre con una pesada carga de responsabilidad, pero también le muestra un camino individualmente creativo de hacerse a sí mismo, a pesar de lo dado y de toda circunstancia.

sábado, 23 de octubre de 2010

En las entrañas del monstruo

¿Cómo a veces en un sentido tan profundo uno deja llevarse por las distracciones del mundo?
 Me interrogaba en voz alta a mi mismo.
¿De qué hablas Mario, me decía con una voz suave y con la mirada distraída hacia mi, mi madre?
Nada madre, no me ponga atención, es que estoy delirando,
no sabe que los delirios producen una especie de satisfacción necesaria.
Yo siempre he buscado en la ilusión, una fuerza, una vitalidad que no sé a dónde vaya a parar.
 Si, ese soy yo, el que camina en un valle sin destino, sin guía ni tiempo.
Voy en solitario, camino a pies firmes, cansado de vagar,
voy y vengo para reafirmarme que necesito para mí y solo para mí, mi soledad.
 Vivo solo sin soledad. Junto conmigo, me distraigo a veces en pensar en los demás.
Me necesito. Y esa es la única forma de encontrarme.
Muchas veces me han dicho que soy un excéntrico, una cosa rara,
 un hombre nada de común en el mundo, pero ¿qué tengo que ver yo con tales apreciaciones?
Me dispongo a regalar una mirada a quien me regale su vista tranquila;
 yo como un ser de la naturaleza original no puedo cambiar mi extraño lugar
 en que estoy en este preciso momento, en este precioso instante.
¿Y si fuera mañana? No, yo sólo existo hoy, mañana voy hacer las formas distintas
en mi pensamiento y en mis reflexiones.
Yo como ninguno en este mundo me he sorprendido muchas veces
la extrañeza de sentir la existencia universal en mi ser.
Cargo con toda la existencia del mundo, ¿podéis comprender eso?
Para mí, es complicado explicarlo, sólo se puede vivirlo, sentirlo.
Una vez en este mundo y con mis circunstancias, aquí en este preciso instante,
 dejaré de apreciar todo lo que me es posible contemplar.
Me he visto convertido en todo el universo; sólo el universo entero puede
conocer los misterios de la existencia misma, sólo el monstruo sabe pero
 muchas no entiende las explicaciones que debe dar.

A mi no me veréis como la gente común, maravillándose por todo, por distracciones
 y banalidades que sólo perjuicio traen al espíritu. Yo amo a la belleza en su interior,
 la naturaleza que trae consigo otras bellezas conexas: Lo físico; el color de los ojos,
la mirada penetrante, una sonrisa fiel, una carita de sutilidad precisa llameando fulgor
y resonancia celestial.
Ando por un camino que lo he llevado hasta a agotar sus últimas esperanzas en mí,
 yo quiero vivir solamente con mi naturaleza, con mi esencia.
¿Cómo veo al mundo? ¿Acaso un hombre al que le chorrean los defectos
por delante, puede decir alguna palabra útil?
No, yo soy igual que todo el mundo; sólo me propongo con sumo oído a escuchar la voz de la naturaleza.
¡Si, yo soy el monstruo de la naturaleza!

viernes, 1 de octubre de 2010

La mente y la individualidad

Cuando decimos al hablar de la "mente", o de la ra­zón, o, lo que viene a ser más o menos lo mismo,
 del pensamiento en su modo humano, que son facultades in­dividuales, 
es obvio que es necesario entender por ello, no las facultades que serían propias de los otros
o que serían esencial y radicalmente diferentes en cada individuo
 (lo que en el fondo sería lo mismo, pues ya no se podría decir que son las mismas facultades, de forma que no se trataría sino de una iden­tificación puramente verbal)
 sino las facultades que per­tenecen a los individuos en cuanto tales 
y que dejarían de tener razón de ser si se las considerara al margen
 de un determinado estado individual y de las consideraciones
 particula­res que definieran la existencia de ese estado. 
En este sentido, la razón, por ejemplo, es propiamente una facul­tad humana individual, 
pues si bien es cierto que en el fondo, en su esencia, 
es común a todos los hombres (sin lo cual no podría evidentemente servir para definir la na­turaleza humana) 
y que no difiere de un individuo a otro más que en su aplicación y en sus modalidades secunda­rias,
 no por ello pertenece menos a los hombres en tanto que individuos,
 y sólo en tanto que individuos, puesto que es justamente característica 
de la individualidad humana, y será conveniente no perder de vista 
que es sólo por medio de una transposición puramente analógica 
como po­demos legítimamente establecer de alguna manera su correspondencia en lo universal. 
Por tanto, e insistimos en ello para evitar toda posible confusión
 (confusión que se ve facilitada por las concepciones "racionalistas" del Oc­cidente moderno), 
si se toma la palabra "razón" a la vez en sentido universal y en sentido individual, debe tenerse siempre buen cuidado de subrayar que esta doble utiliza­ción de un mismo término (que en rigor debería ser evitada) no es más que la indicación de una simple analogía que expresa la refracción de un principio universal 
(que no es otro que  en el orden mental humano).
 Es sólo en virtud de esta analogía, que no supone en grado alguno una identificación, 
como podemos, en cierto senti­do y siempre con la reserva precedentemente
 señalada denominar igualmente "razón" a lo que en lo universal corresponde, 
por conveniente transposición, a la razón hu­mana o,
 en otras palabras, a aquello de lo cual la razón es expresión, 
como traducción y manifestación, en modo individualizado. 
Así pues, los principios fundamenta­les del conocimiento, aún considerados como expresión de alguna forma de "razón universal" entendida en el senti­do del Logos platónico y alejandrino,
 no por ello dejan de sobrepasar más allá de toda medida el dominio particular
 de la razón individual, que es exclusivamente una facultad de conocimiento distintivo y discursivo,
 y a la que se imponen como elementos de orden trascendente condicio­nando
 así necesariamente toda actividad mental. 



En lo que se refiere a la distinción esencial entre la "mente" y el intelecto puro, recordaremos solamente lo siguiente: en el paso de lo universal a lo individual, el intelecto produce la consciencia, pero siendo ésta de orden individual, no es de ninguna manera idéntica al principio intelectual en sí mismo, aunque proceda de él de manera inmediata como resultante de la intersección de este princi­pio con el dominio específico de ciertas condiciones de existencia, por las que se define la individualidad conside­rada. 
Por otra parte, es a la facultad mental, directamente unida a la consciencia, a la que pertenece propia­mente el pensamiento individual, que es de orden formal (y según lo que acabamos de decir, incluimos ahí tanto la razón como la memoria y la imaginación) y que no es en absoluto inherente al intelecto trascendente, cu­yos atributos son esencialmente informales. 
Ello muestra con claridad hasta qué punto esta facultad mental es en realidad algo restringido y especializado, siendo no obstante susceptible de desarrollar posibilidades indefini­das; es, pues, a la vez mucho menos y mucho más de lo que pretenden las concepciones demasiado simplificadas, e incluso simplistas, tan de moda entre los psicólogos occi­dentales.

El jesucristo

"Para mí, Jesucristo, es decir: el Hombre Dios de los cristianos,
 copia de los Avatares de todos los países, del Chrish­na hindú 
así como del Horus egipcio, para mí jamás ha sido un personaje histórico.
Es una personificación glorificada del tipo deificado
 de los grandes Hierofantes de los Templos, y su historia narrada
 en el Nuevo Testamento es una alegoría que contiene,
 por cierto, profundas verdades esotéricas, pero es una alegoría".
 Esa alegoría, entendámos­lo bien, no es otra cosa que el famoso "mito solar"; 
pero continuemos: "La leyenda de la que hablo se funda, 
sobre la existencia de un personaje llamado Jehoshua 
(de donde se ha hecho Jesús), nacido en Lud o Lydda 
por el año 120 antes de la era moderna, 
y si se contradice ese hecho, cosa a la cual casi ni me opongo, 
entonces será preciso adop­tar una determinación y
 mirar al héroe del drama del Calvario como un mito puro y simple". 
 se trata: "Jesús fue un Chrestos... que vivió realmente durante
 la era cristiana o un siglo antes, bajo el reinado
 de de Alejandro Janeo y de su mujer Salomé,
 en Lud, lo indica el Sepher Toldoth Jehoshua"; 
 "Digo que los sabios mienten o desbarran. 
Son nues­tros Maestros quienes lo afirman. Si la historia de Jehoshua o
Jesus Ben Pandira es falsa, entonces todo el Talmud
todo el canon judío, es también falso. 
Fue el discípulo de Jeho­shua Ben Parachia, 
el quinto presidente del Sanedrín desde Ezra,
 quien reescribió la Biblia.
 Estando comprometido en la sublevación de los Fariseos contra Janneo,
 en el año 105 antes de la era cristiana, huyó a Egipto 
llevando consigo al joven Jesús.
 Mucho más cierto es este relato que el del Nuevo Testamento, 
del que la historia no dice palabra. Así pues, he ahí los hechos cuya realidad le había sido garantizada si la creemos por los "Maestros" mismos, y al­gunos meses después no se opone ya a que se los trate como simple leyenda. 
¡Qué angustioso sería saber que no existe Dios, y que estamos solos en el universo
solos arrojados a la existencia..!
¡Pero más angustioso sería pensar que nos hemos conformado a la idea de 
un ser superior que nos ayude en todo y que exista un paraíso! 
Relegando así nuestra propia existencia.